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Monseñor Oscar Sarlinga

Mons. Oscar Sarlinga exhorta a los decanos de la diócesis a profundizar con los sacerdotes el estudio de Porta fidei de S.S.Benedicto XVI en preparación a los actos diocesanos por el inicio, en octubre, del Año de la Fe

Lo hizo en la homilía del domingo pasado en la iglesia catedral y al mismo tiempo en mensaje que dirigió a cada uno de los decanos. Y esto en vistas de los aportes que se esperan de los decanatos con la finalidad de estudiar qué reformas necesiten hacerse al Plan pastoral diocesano, el cual cumplió sus fructíferos tres años, y ha sido prorrogado con la finalidad de tratar temáticas en la próxima reunión de clero. Anunció también el Obispo la renovación de la “Mesa pastoral” del consejo de pastoral, con integrantes laicos, diáconos permanentes y delegados de áreas pastorales de la diócesis. Los ejes de la comunión orgánica y la misionariedad de nuestro Plan pastoral nos recuerdan que la unión primordial es con Cristo, en y desde la Eucaristía, y el ser-Misión es el Nombre mismo de la Iglesia, de la que formamos parte. La dimensión misionera, por otra parte, ha de caracterizar a “toda la pastoral”, y esto vale para la pastoral ordinaria, dijo, cuyo título “ordinaria”, la hace tanto más importante porque es la básica, es la entrega en la caridad pastoral que corresponde a cada uno de los bautizados, cada uno según su vocación y elección, a los consagrados y consagradas y a los Pastores, como sacerdotes, como imágenes vivientes de Cristo Sacerdote, o “sacerdotes según el Corazón de Cristo”. Los distintos consejos pastorales en la diócesis encontrarán en “Porta fidei” un motivo de renovación espiritual y renovado ardor misionero.

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Festividades Inmaculada Concepción

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Imagen del Beato Juan Pablo II en Campana

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La Cruz nos llleva a la Resurrección

Al mismo tiempo, Mons. Oscar  volvió a pedir una entera renovación de los corazones en la Cuaresma, y para ello recordó haberse referido de modo especial a la perenne “novedad” que recrea la fe, en nuestro interior, la virtud teologal de la fe, y la “fe vivida”, el “credere in Deum” de San Agustín, para reencaminarnos cada día en Cristo, Camino. Recordó para eso su primera homilía en la diócesis, el día de su toma de posesión, en la cual nos afirmaba:

“La continua “novedad” del cristianismo radica en que es acontecimiento de la salvación, que renueva interiormente en Cristo a la humanidad, transformando al ser humano desde su “ser interior” más profundo: el “corazón”, entendido éste en sentido bíblico. Ya en el Génesis vemos que Dios había prometido salvar a los hombres. Y lo realizó en Cristo, su Hijo. Como afirma la segunda lectura que acabamos de proclamar, “(…) todas las promesas de Dios encuentran su “sí” en Jesús” (II Cor 1,18-22). Para “ver” esa salvación actuante, para ver al Cristo viviente, es preciso el don de la fe, los “ojos de la fe”.

El Evangelio (…) nos muestra la fe de unos hombres que recurren a Jesús como única salvación: “(…) levantaron el techo sobre el lugar donde Jesús estaba, y haciendo un agujero descolgaron la camilla con el paralítico” (Mc 2,1-12). Pedían al Señor la curación, tan ansiada, de este último. Y lo único con lo cual contaban era su fe.

Ocurre que la fe es “puerta” -como la llama santo Tomás de Aquino-. Siendo ella misma un don de Dios, es “puerta” de las virtudes, de los dones del Espíritu y de las gracias, también de la gracia de la sanación –y en especial de la sanación espiritual, tan fundamental-.

Por Jesús -vuelve a afirmar la carta de san Pablo- “(…) decimos “Amén” a Dios, para gloria suya”· (II Cor 1,20), de tal manera que cuando realmente le permitimos a Cristo obrar en nuestra vida, con el poder vivificante de su Espíritu, no podemos dejar de exclamar, como las palabras finales del Evangelio: “Nunca hemos visto nada igual”. Para obrar maravillas en nosotros, el Señor nos pide la fe, y a la vez quiere dárnosla. Esa fe que abre puertas de par en par a la esperanza –sin la cual la vida nuestra perdería sentido- y a la caridad, esto es, ese Amor que proviene de Dios, Amor plenificante del ser humano, Amor que transforma la vida humana y nos abre fecundamente a la Trascendencia. Es Cristo quien nos da ese Amor, y al mismo tiempo ese Amor nos hace contemplar, con los ojos de la fe, el Rostro de Cristo”.

En AICA

Algunos puntos destacados de “Porta fidei” en el anuncio de la convocación del Año de la Fe

1.«La puerta de la fe» (cf. Hch 14, 27), que introduce en la vida de comunión con Dios y permite la entrada en su Iglesia, está siempre abierta para nosotros. Se cruza ese umbral cuando la Palabra de Dios se anuncia y el corazón se deja plasmar por la gracia que transforma. Atravesar esa puerta supone emprender un camino que dura toda la vida

La necesidad de la fe ayer, hoy y siempre

2.- Profesar la fe en la Trinidad –Padre, Hijo y Espíritu Santo –equivale a creer en un solo Dios que es Amor (cf. 1 Jn 4, 8): el Padre, que en la plenitud de los tiempos envió a su Hijo para nuestra salvación; Jesucristo, que en el misterio de su muerte y resurrección redimió al mundo; el Espíritu Santo, que guía a la Iglesia a través de os siglos en la espera del retorno glorioso del Señor.

3.- Sucede hoy con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al mismo tiempo que siguen considerando la fe como un presupuesto obvio de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo no aparece como tal, sino que incluso con frecuencia es negado. Mientras que en el pasado era posible reconocer un tejido cultural unitario, ampliamente aceptado en su referencia al contenido de la fe y a los valores inspirados por ella, hoy no parece que sea ya así en vastos sectores de la sociedad, a causa de una profunda crisis de fe que afecta a muchas personas.

No podemos dejar que la sal se vuelva sosa y la luz permanezca oculta (cf. Mt 5, 13-16). Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y a extraer el agua viva que mana de su fuente (cf. Jn 4, 14).

4.- Debemos descubrir de nuevo el gusto de alimentarnos con la Palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y el Pan de la vida, ofrecido como sustento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51). Creer en Jesucristo es, por tanto, el camino para poder llegar de modo definitivo a la salvación.

Vigencia y valor del Concilio Vaticano II

5- Las enseñanzas del Concilio Vaticano II, según las palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor. Es necesario leerlos de manera apropiada y que sean conocidos y asimilados como textos cualificados y normativos del Magisterio, dentro de la Tradición de la Iglesia. […] Siento más que nunca el deber de indicar el Concilio como la gran gracia de la que la Iglesia se ha beneficiado en el siglo XX. Con el Concilio se nos ha ofrecido una brújula segura para orientarnos en el camino del siglo que comienza». Yo también deseo reafirmar con fuerza lo que dije a propósito del Concilio pocos meses después de mi elección como Sucesor de Pedro: «Si lo leemos y acogemos guiados por una hermenéutica correcta, puede ser y llegar a ser cada vez más una gran fuerza para la renovación siempre necesaria de la Iglesia».

La renovación de la Iglesia es cuestión de fe

6. La renovación de la Iglesia pasa también a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

7.- En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5, 31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva vida.

La fe crece creyendo

8. «Caritas Christi urget nos» (2 Co 5, 14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra (cf. Mt 28, 19). Con su amor, Jesucristo atrae hacia sí a los hombres de cada generación: en todo tiempo, convoca a la Iglesia y le confía el anuncio del Evangelio, con un mandato que es siempre nuevo. Por eso, también hoy es necesario un compromiso eclesial más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe.

9.- La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo: en efecto, abre el corazón y la mente de los que escuchan para acoger la invitación del Señor a aceptar su Palabra para ser sus discípulos. Como afirma san Agustín, los creyentes «se fortalecen creyendo».

Profesar, celebrar y testimoniar la fe públicamente

10.- Redescubrir los contenidos de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada, y reflexionar sobre el mismo acto con el que se cree, es un compromiso que todo creyente debe de hacer propio, sobre todo en este Año.

11.- El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este «estar con él» nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree.

12.- No podemos olvidar que muchas personas en nuestro contexto cultural, aún no reconociendo en ellos el don de la fe, buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta búsqueda es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de «lo que vale y permanece siempre.

La utilidad del Catecismo de la Iglesia Católica

13. Para acceder a un conocimiento sistemático del contenido de la fe, todos pueden encontrar en el Catecismo de la Iglesia Católica un subsidio precioso e indispensable. Es uno de los frutos más importantes del Concilio Vaticano II.

14.- Precisamente en este horizonte, el Año de la fe deberá expresar un compromiso unánime para redescubrir y estudiar los contenidos fundamentales de la fe, sintetizados sistemática y orgánicamente en el Catecismo de la Iglesia Católica.

15.- En su misma estructura, el Catecismo de la Iglesia Católica presenta el desarrollo de la fe hasta abordar los grandes temas de la vida cotidiana. A través de sus páginas se descubre que todo lo que se presenta no es una teoría, sino el encuentro con una Persona que vive en la Iglesia. A la profesión de fe, de hecho, sigue la explicación de la vida sacramental, en la que Cristo está presente y actúa, y continúa la construcción de su Iglesia. Sin la liturgia y los sacramentos, la profesión de fe no tendría eficacia, pues carecería de la gracia que sostiene el testimonio de los cristianos. Del mismo modo, la enseñanza del Catecismo sobre la vida moral adquiere su pleno sentido cuando se pone en relación con la fe, la liturgia y la oración.

16. Así, pues, el Catecismo de la Iglesia Católica podrá ser en este Año un verdadero instrumento de apoyo a la fe, especialmente para quienes se preocupan por la formación de los cristianos, tan importante en nuestro contexto cultural.

17.- Para ello, he invitado a la Congregación para la Doctrina de la Fe a que, de acuerdo con los Dicasterios competentes de la Santa Sede, redacte una Nota con la que se ofrezca a la Iglesia y a los creyentes algunas indicaciones para vivir este Año de la fe de la manera más eficaz y apropiada, ayudándoles a creer y evangelizar.

18.- La fe está sometida más que en el pasado a una serie de interrogantes que provienen de un cambio de mentalidad que, sobre todo hoy, reduce el ámbito de las certezas racionales al de los logros científicos y tecnológicos. Pero la Iglesia nunca ha tenido miedo de mostrar cómo entre la fe y la verdadera ciencia no puede haber conflicto alguno, porque ambas, aunque por caminos distintos, tienden a la verdad.

Recorrer y reactualizar la historia de la fe

19. A lo largo de este Año, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos.

20.- Durante este tiempo, tendremos la mirada fija en Jesucristo, «que inició y completa nuestra fe» (Hb 12, 2): en él encuentra su cumplimiento todo afán y todo anhelo del corazón humano. La alegría del amor, la respuesta al drama del sufrimiento y el dolor, la fuerza del perdón ante la ofensa recibida y la victoria de la vida ante el vacío de la muerte, todo tiene su cumplimiento en el misterio de su Encarnación, de su hacerse hombre, de su compartir con nosotros la debilidad humana para transformarla con el poder de su resurrección. En él, muerto y resucitado por nuestra salvación, se iluminan plenamente los ejemplos de fe que han marcado los últimos dos mil años de nuestra historia de salvación.

No hay fe sin caridad, no hay caridad sin fe

21.-. El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad. San Pablo nos recuerda: «Ahora subsisten la fe, la esperanza y la caridad, estas tres. Pero la mayor de ellas es la caridad» (1 Co 13, 13). Con palabras aún más fuertes —que siempre atañen a los cristianos—, el apóstol Santiago dice: «¿De qué le sirve a uno, hermanos míos, decir que tiene fe, si no tiene obras? ¿Podrá acaso salvarlo esa fe? Si un hermano o una hermana andan desnudos y faltos de alimento diario y alguno de vosotros les dice: “Id en paz, abrigaos y saciaos”, pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así es también la fe: si no se tienen obras, está muerta por dentro. Pero alguno dirá: “Tú tienes fe y yo tengo obras, muéstrame esa fe tuya sin las obras, y yo con mis obras te mostraré la fe”» (St 2, 14-18).

22.- La fe sin la caridad no da fruto, y la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y el amor se necesitan mutuamente, de modo que una permite a la otra seguir su camino. En efecto, muchos cristianos dedican sus vidas con amor a quien está solo, marginado o excluido, como el primero a quien hay que atender y el más importante que socorrer, porque precisamente en él se refleja el rostro mismo de Cristo. Gracias a la fe podemos reconocer en quienes piden nuestro amor el rostro del Señor resucitado es compañera de vida que nos permite distinguir con ojos siempre nuevos las maravillas que Dios hace por nosotros. Tratando de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.

Lo que el mundo necesita son testigos de la fe

23.- Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de los que, iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor, son capaces de abrir el corazón y la mente de muchos al deseo de Dios y de la vida verdadera, ésa que no tiene fin.

24.- «Que la Palabra del Señor siga avanzando y sea glorificada» (2 Ts 3, 1): que este Año de la fe haga cada vez más fuerte la relación con Cristo, el Señor, pues sólo en él tenemos la certeza para mirar al futuro y la garantía de un amor auténtico y duradero.

25.- Las palabras del apóstol Pedro proyectan un último rayo de luz sobre la fe: «Por ello os alegráis, aunque ahora sea preciso padecer un poco en pruebas diversas; así la autenticidad de vuestra fe, más preciosa que el oro, que, aunque es perecedero, se aquilata a fuego, merecerá premio, gloria y honor en la revelación de Jesucristo; sin haberlo visto lo amáis y, sin contemplarlo todavía, creéis en él y así os alegráis con un gozo inefable y radiante, alcanzando así la meta de vuestra fe; la salvación de vuestras almas» (1 P 1, 6-9). La vida de los cristianos conoce la experiencia de la alegría y el sufrimiento. Cuántos santos han experimentado la soledad. Cuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras quisieran escuchar su voz consoladora. Las pruebas de la vida, a la vez que permiten comprender el misterio de la Cruz y participar en los sufrimientos de Cristo (cf.Col 1, 24), son preludio de la alegría y la esperanza a la que conduce la fe: «Cuando soy débil, entonces soy fuerte» (2 Co 12, 10). Nosotros creemos con firme certeza que el Señor Jesús ha vencido el mal y la muerte. Con esta segura confianza nos encomendamos a él: presente entre nosotros, vence el poder del maligno (cf. Lc 11, 20), y la Iglesia, comunidad visible de su misericordia, permanece en él como signo de la reconciliación definitiva con el Padre.

(Fuente: www.catholic.net)

Miércoles de Ceniza en Campana y Mensaje Cuaresmal de Mons. Oscar Sarlinga

El miércoles de Ceniza, como de costumbre, se congrega grandes cantidades de fieles en Campana. El obispo Mons. Sarlinga celebra en la iglesia catedral de Santa Florentina, en Campana, acompañado de Mons. Edgardo Galuppo, Mons. Marcelo Monteagudo, el Pbro. Hugo Lovatto, el Pbro. Nestor Villa, el Pbro. Lucas Martínez y el Pbro. Pablo Iriarte. Para la ocasión, Mons. Sarlinga transmitió su Mensaje cuaresmal
La Corona de Espinas
La Corona de Espinas
Ver el Rostro de Cristo en el sufriente

 

MENSAJE CUARESMAL EN EL MIÉRCOLES DE CENIZA

Mons. Oscar D. Sarlinga, Obispo de Zárate-Campana
22 de febrero de 2012

En las iconografías antiguas o medievales se solía representar la Cruz de Cristo con un cardo espino o un acanto a sus pies (como en la Basílica de San Clemente, en Roma). El cardo es un símbolo del Génesis, significa sufrimiento y se lo representaba como un signo de la Pasión del Señor. Su flor, espléndida, es a la vez signo de sufrimiento y de salud, de reflorecimiento; signo heráldico, también, que denota el avenirse a asumir la Pasión y la corona de espinas. Es así la vida cristiana, unión a la Pasión de Cristo y a su Resurrección gloriosa, a su triunfo definitivo. Animada por el Espíritu Santo, la Iglesia nos ofrece la Cuaresma como oportunidad de un cambio profundo en nuestras vidas, como tiempo de conversión, si así no lo viéramos estaríamos considerando sólo un tiempo especial del calendario litúrgico. Más aún, contemplando el Misterio de la cruz, la Iglesia nos invita de verdad a «hacernos semejantes a Jesús en su muerte» (Cf Flp 3, 10) para compartir su Vida eterna. 
Comenzamos con el rito penitencial de las cenizas, que nos hace pensar en lo caduco de nuestra vida. Nuestra mente, nuestro corazón, tan irrumpido como suele estar por invasiva profusión de imágenes, sonidos (o ruidos), voces, por una proyectividad puramente humana, y diríamos por tanta profanidad, provenientes del mundo circunstante, necesita de un “detenerse”, de un “silencio santo” que nos permita “ponernos en coloquio, en sintonía” con nuestro propio interior, un poco a modo de como se decía de San Benito: Secum vivebat. Y esto para ponernos más en coloquio con Dios. Las cenizas, rito simbólico, nos invitan a reconsiderar la caducidad de todo lo material, a dar tiempo para Dios y escucharlo, para volver a reconocer que «sus palabras no pasarán» (cf. Mc 13, 31), para entrar en la íntima comunión con Él, esa comunión  que «nadie podrá quitarnos» (cf. Jn 16, 22).
Vivimos en una sociedad a la que no sólo le cuesta “escuchar” sino también  “escucharse”, y en la cual puede no haber casi lugar para la dimensión espiritual y moral de la existencia humana. Por esto es importante que veamos en la Cuaresma un «tiempo propicio» (2 Cor. 6, 2), iniciado con el símbolo de “tristeza” de las cenizas, pero que ascensionalmente prosigue –mediante la vía estrecha de la penitencia- hasta la celebración de la Pascua. Es tiempo (“kairós”) de una ascesis, que nos haga profundizar en la fe, en la esperanza que no defrauda, en la caridad realmente vivida, que se trasunta en “dar la vida”, perdonar, en compartir, en dejar de lado las estructuras del “hombre viejo” del pecado, con sus destructivos internismos, sus rencores, odios, males infligidos a los hermanos, para “ascender” penitencialmente a un modo “nuevo” de vivir, en la medida en que el Señor nos hace “creaturas nuevas”. Él puede hacerlo, quiere hacerlo en nosotros; la ascesis penitencial nos ayudará a redescubrirlo. Una primera pregunta que tendríamos que formularnos es si estamos dispuestos de verdad a una “reforma” de nuestra vida. 

 

I. PENITENCIA Y DISPOSICIÓN DE LOS TALENTOS COMO TESTIMONIO EVANGELIZADOR DESDE EL ESPÍRITU SANTO
No se nos escapa que somos cristianos en medio de un mundo de muchas desedificantes confusiones y contradicciones (no menores tantas veces entre nosotros mismos), por ello la Iglesia nos invita con el Apóstol Pablo  a buscar –una vez más, en esta Cuaresma- lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), a poner a este servicio nuestros “talentos” con generosidad para el bien de la Iglesia (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18).
Quizá sería bueno también reubicar espiritualmente el sentido de la “mutua edificación”  en el contexto de su papel en la evangelización (porque la división, que es anti-testimonial, no hace sino alejar más a los alejados, impedir que los no cristianos se acerquen).
También en esto deberíamos reflexionar en Cuaresma en cómo poner nuestros “talentos” al servicio de la nueva evangelización (y en ver que no seamos causa de tropiezo para que otros también pongan de modo acorde sus propios talentos, porque podríamos tender a ver solamente los nuestros, o a sobrevalorarlos, o infravalorarlos). Se necesita el equilibro, el concierto y no el desacierto. La puesta al servicio de los talentos se dará concertadamente si dejamos lugar al Espíritu (eso es la “reforma interior”) al modo como cuando se abrieron las  puertas del Cenáculo y los apóstoles se dirigieron  a los habitantes y a los peregrinos venidos a Jerusalén con ocasión de la fiesta, para dar testimonio de Cristo por el poder del Espíritu Santo, y lo hicieron manifestando la “paz” y la “edificación” producidas por ese mismo Espíritu, dando así convirtiente “testimonio”, como les había anunciado Jesús: «El dará testimonio de mí. Pero también ustedes darán testimonio, porque están conmigo desde el principio» (Jn 15, 26 s).
Se trata pues de ver la dimensión no sólo personal sino eclesial de la paz y la edificación, puestas de relieve por el Concilio Vaticano II cuando concibe a la Iglesia como santificada indefinidamente, edificada en el Espíritu para que los fieles tengan acceso al Padre por medio de Cristo (cf. Ef 2, 18). Iglesia en la cual la fuente de agua viva salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4, 14; 7, 38-39); Iglesia por quien el Padre vivifica a los hombres, muertos por el pecado, hasta que resucite sus cuerpos mortales en Cristo (cf. Rom 8, 10-11)»[1]. Con esta visión, ingresamos en Cristo, a la plena revelación de Dios como Amor (cf. 1 Jn 4, 7-10); abrazamos así la Cruz de Cristo, la «palabra de la Cruz» que manifiesta el poder salvífico de Dios (cf. 1 Co 1, 18), amor en su forma más raigal[2]. Ingresamos en una dinámica de reforma y de morir al pecado.
Para entrar en esta dinámica, no caben medias tintas; hemos de morir al pecado y a sus consecuencias. Morir para vivir. La cuaresma nos invita a ello, a esta reforma, como fractura y como surgiente de vida. Su sentido, en última instancia “quiere decir reforma, quiere decir expiación; reforma y expiación que suponen turbadas nuestras relaciones con Dios; suponen un desorden fatal entre nosotros y Dios; suponen esa fractura del anillo de conjunción de nuestra vida y su destino a la surgiente de la verdadera Vida, que es Dios (…) Esa fractura se llama pecado”[3]. En una reforma interior por la Gracia, el hombre muere al pecado, participa de la vida nueva en Jesucristo Resucitado y recibe el mismo espíritu de Dios que resucitó a Jesús de entre los muertos (cf. Rm 8, 11).
Así, la Cuaresma será una renovada ocasión para preguntarnos, ante la afirmación del Señor: “Yo soy la resurrección y la vida”...  si realmente creemos esto (Cf Jn 11, 25-26), si lo creemos de verdad, porque hay enemigos al acecho. En primer lugar, el egoísmo, que nos desvía de la disposición a creer, y por consiguiente a compartir talentos “edificantes” y eclesiales (cf. Mt 25,25ss). Pero, lejos de estar condenados a la mediocridad en lo espiritual, podemos superar el egoísmo con la Gracia, podemos siempre aspirar a un «alto grado de la vida cristiana»[4]. Si no lo creyéramos, tampoco creeríamos, en el fondo, que la  misericordia de Dios borra el pecado y permite vivir en la propia existencia «los mismos sentimientos que Cristo Jesús» (Flp 2, 5).
Para nosotros, clero, religiosos, religiosas, laicado, comunidad católica, en fin, es el momento de volver a poner con sinceridad nuestra esperanza en Jesús, junto con Marta, por ejemplo (cuyo testimonio de “profesión de fe” no me parece que haya sido tan meditado como lo merece, o por lo menos no conozco que lo sea): «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo»; es la “profesión de fe” de Marta: creer, para una reforma espiritual de nuestras vidas, aunque la “escena” de nuestra vida pueda ser dramática y nos llevara a pensar lo contrario.
¿En todo eso, para qué es necesaria la penitencia? (porque no podemos ocultar que a algunos les es antipática hasta la palabra, que no tiene “buena prensa” en el mundo de hoy). Sencillamente porque la necesitamos, porque la penitencia ingresa en la dinámica de la colaboración de nuestra libertad a la Gracia, como exhortaba el Bautista: «Hagan penitencia, y se acercará a ustedes el reino de los cielos» (Mt. 3, 2). Lo dijo el mismo Cristo (Cf. Mt. 4, 17); lo refiere el evangelista San Marcos: «El tiempo se ha cumplido, el reino de Dios está cerca, hagan penitencia y crean en el Evangelio» (Mc. 1, 15). La penitencia es necesaria para que profundicemos el discernimiento entre el bien y el mal (cf. Hb 4, 12), para fortalecer en nosotros la voluntad de seguir al Señor Jesús, el Salvador, como resulta de la teología que el Apóstol Pablo ilustró y propugnó, en términos clarísimos en la carta a los Romanos y en la carta a los Gálatas: Cristo es necesario, Cristo es suficiente.
En la penitencia, por último, hay también una razón de solidaridad, en la economía (“oikonomía”) de la salvación: el expiar por otros. Es más, es una de las formas superiores de la solidaridad. Esta forma de solidaridad dará un nuevo y más profundo sentido a nuestra solidaridad en el compartir (¡que cuesta enormemente en las comunidades nuestras!) en el saber interesarse por los otros (por ejemplo, en la catequesis, Caritas, en la promoción de las vocaciones todas, en las vocaciones sacerdotales y religiosas, en el apoyo al Seminario diocesano, en la extensión de las obras para la evangelización…). ¿O creíamos que “solidaridad” era un mero sentimiento pasajero?. Sé que lo vamos profundizando como comunidad diocesana.

II. VIDA DESPLEGADA EN LAS VIRTUDES TEOLOGALES

En verdad, aunque en modo ínfimo, pero análogo al de Jesús, que no por Sí sino por nosotros sufrió la muerte en Cruz, también nosotros, unidos a Él, podemos expiar por los demás (como “in solidum”), y hacerlo en el espíritu en que lo reclama  San Pablo cuando escribe a los colosenses: «Yo cumplo en mi carne lo que falta a los sufrimientos de Cristo» (Col. 1, 24).
Podríamos pensar que eso no es justo, que cada uno haga penitencia por sí mismo, que cada uno se ocupe de su propio bien y de su propia espiritualidad (concepto del cual emerge cierta deriva al intimismo). Sin embargo, la Justicia, con mayúscula, es plenitud de su clásica definición, “dar a cada uno lo que le corresponde” (“dare cuique suum”), porque lo que tengo que dar a mi hermano no es sólo lo que se puede garantizar por ley, sino, conforme a una ley divina (por eso me referí a “Justicia” con mayúscula), el darle algo más íntimo y gratuito; es comunicarle, en nuestra medida, ese Amor “(…) que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle”[5]. Amor que conlleva a compartir, a la promoción humana integral, a la construcción de la civilización del amor, pero que siempre necesita a Dios, como observaba san Agustín[6].
Acecha el desánimo, muy a menudo. El orgullo, curiosamente, puede llevarnos, más que a “levantarnos”, a caducar. El remedio lo dan las virtudes teologales. Lo correcto es levantarnos en el Señor, a estímulo para vivir en el Amor. Nuestra existencia debe conquistar títulos no vanos y caducos, sino títulos que aseguren vida eterna, dejando, de una vez por todas, el regusto de poner y reponer el corazón en la “búsqueda pecaminosa”, como si ésta fuese un bien (¡ni que hablar si la consideráramos para nosotros un bien de entre los “supremos”!). Creo que en el fondo hay cierto nihilismo en la búsqueda y rebúsqueda de los pseudo-consuelos de una vida pecaminosa consentida, quebrantemos esa espiral de daño con la fe, la esperanza y la caridad.
Es preciso tomar conciencia. Para sanar esto nos hace falta una sana experiencia de humillación, o, para decirlo con palabras de un Papa del siglo XX: “(…) una meditación muy severa y realista sobre el nihilismo de la vida temporal (…) una sacudida psicológica y moral de gran eficacia; que no nos disguste de hacer de ella la sincera, humillante, pero benéfica experiencia”[7] .
Estar atentos: el Santo Padre Benedicto XVI nos invita en su Carta de Cuaresma a meditar en la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24) y a procurar que demos fruto en acoger a Cristo en una vida que se despliega según las tres virtudes teologales, a saber: acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24)[8].  En la moral de las bienaventuranzas, esta es una espléndida invitación que nos hace el Papa, como en toda su fina y teológica enseñanza, con un sentido pastoral.

III. RESPONSABILIDAD PARA CON EL HERMANO Y CORRESPONSABILIDAD

En su Carta de Cuaresma el Papa Benedicto XVI toca un tema fundamental, diría profético para nuestros tiempos y nuestras personas, afectadas de individualismo (incluso en lo espiritual) y por ende más bien inclinados a la “a-responsabilidad”. Quiero expresar, no sólo a la irresponsabilidad, a la “a-responsabilidad”, esto es, al embotamiento –a veces casi total- del sentido de ser responsable “del otro” y “corresponsable con él”. El Papa, con finísima intuición, nos propone fijarnos en la responsabilidad que tenemos para con los hermanos, en la atención “al otro”, que conlleva desear el bien para él o para ella, en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. Porque de lo contrario no estaremos “edificando”, o a lo sumo, edificaremos sobre arena. Cuaresma es también propicia, entonces, para repreguntarnos: ¿Estamos atentos al bien del hermano, de la hermana?. Muchas veces sí (hay muchas personas entregadas y sacrificadas). Tantas veces no, como si cada uno tuviera que cuidarse por sí mismo, como si fuera ineluctable que el mal se da, y que a nosotros no tuviera que interesarnos  tanto cuando ocurre a los demás… Por supuesto que cada uno hace uso de su libertad, pero existe una corresponsabilidad en cuidarnos para vivir en el bien, por eso dice el Papa, “(…) es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68)”.
Estar atentos, «fijarse» en el hermano, abarca la solicitud por su bien espiritual (y por todos los bienes que lo espiritual conlleva, también los materiales). Y notamos aquí otra acertadísima llamada de atención de Benedicto XVI: recordar un aspecto de la vida cristiana tantas veces caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna, que tiene como base ocuparse los unos de los otros (“estar atentos”, como María) con el don de la reciprocidad[9].
La irreciprocidad acarrea muchos males. Me parece ver aquí que, por la falta de la corrección fraterna, creo, abundan formas de ser signadas por generar corazones lastimados por el odio y la envidia: el hablar mal (incluso con fijación psicológica), el difamar o injuriar (no pocas veces con el infame anonimato de medios públicos anónimos) el sugerir cosas malas de los otros en privado, en grupo o en los medios de comunicación, el poner en desprecio lo que los otros piensan u obran, el favorecer sólo los “intereses de clan”, relegando a los que no son de los círculos determinados por quienes se creen con el poder de determinarlos. Pero, como toda consecuencia de pecado, esto no queda ni pacífico ni impune. Antes bien, puede crearse por esa causa una espiral de sospecha, rencor y deseos reivindicacionistas.
Por eso, un fruto espiritual muy grande, una gracia que podemos pedir, es tomar conciencia de lo siguiente: ¡Cuántos bienes, cuánta purificación, vendrían de una repristinación de la corrección fraterna, humilde, auténtica, con amorosa “parrhesía”, en todos los ámbitos de la Iglesia, y en la sociedad misma!. La tentación perenne de la autoreferente fama, el “subir” a costa de los demás, el no tener escrúpulo a la hora de mentir para conseguir un provecho, son otras tantas aborrecibles formas de “acumular riquezas en este mundo” y se hacen merecedoras también de la bíblica advertencia al rico automplaciente y seguro de sus propias riquezas, a quien Dios dijo: “¡Necio! Esta misma noche te reclamarán el alma”» (Lc 12, 19-20). Abrir el alma, sincerarnos, ocuparnos en nuestras posibilidades de atender a las necesidades de todos, “abrir el juego” en un justo sentido, serán formas consecuenciales de mostrar al mundo que nuestro  proclamado amor a Dios se trasunta en  amor al prójimo (cf. Mc 12, 31) y así se manifiesta auténtico.
Por supuesto, para la consecución de todo esto en nada valdrá lo que podríamos llamar un “semi-pelagianismo heroico”, sino la apertura valiente a la Gracia (hasta que duela, esa reforma) y la colaboración de nuestra libertad. En el inicio de esta Cuaresma el Señor nos clama, nos interpela, como al “ciego” que le rogaba curación: “¿Tú crees en el Hijo del hombre?». «Creo, Señor» (Jn 9, 35.38), le afirma con alegría el ciego de nacimiento. Creemos, Señor, que nuestra naturaleza no está destruida por el pecado sino herida, que Tú puedes sanarnos, que  Tú puedes consumar en nosotros la obra que el Padre te encomendó realizar sobre la tierra (cf. Jn 17, 4).
Y ponemos este clamor en manos de la Santísima Virgen María, Madre de Dios, Madre de la Iglesia, Madre de la Divina Gracia, Intercesora, Abogada, Esposa del Espíritu Santo.



+Oscar Sarlinga
Miércoles de Ceniza, 22 de febrero de 2012
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notas:

(1) Cf CONC. ECUM. VAT. II, Const. dogm. Lumen gentium, sobre la Iglesia, 4.
(2) Cf BENEDICTO XVI, Enc. Deus caritas est, n. 12.
(3) PAULO VI, Homilía del Santo Padre en el Sacro Rito de las Cenizas en la Basílica Vaticana, Miércoles 16 de febrero de 1972.
(4) Cf JUAN PABLO II, Carta ap. Novo milenio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31, citado en BENEDICTO XVI, Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2012, “Fijémonos los unos en los otros  para estímulo de la caridad y las buenas obras” (Hb 10, 24) Vaticano, 3 de noviembre de 2011.
(5) BENEDICTO XVI, Mensaje del Santo Padre para la cuaresma 2010, Ciudad del Vaticano, 30 de octubre de 2009, “La justicia de Dios se ha manifestado  por la fe en Jesucristo” (cf. Rm 3,21-22)
(6) Si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (SAN AGUSTÍN, De Civitate Dei, XIX, 21).
(7) PAULO VI, Homilía del Santo Padre en el Sacro Rito de las Cenizas en la Basílica Vaticana, Miércoles 16 de febrero de 1972.
(8) BENEDICTO XVI, Mensaje del Santo Padre para la Cuaresma 2012, «Fijémonos los unos en los otros  para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24) Vaticano, 3 de noviembre de 2011
(9) Ibid.

Ser pobre (“anaw”) en el espíritu, para creer y servir, en especial a los abandonados

Dióc. Zárate-Campana

El Centro de Nuestra Señora de Lourdes, en Maquinista Savio celebra con centenares de fieles y la presencia del Obispo

Dicho centro de promoción humana integral, constituido en asociación civil y cuyos fieles forman a la vez una asociación privada de fieles (la cual, como grupo de fieles aunados, cumplió 10 años, y que fuera “reconocida” canónicamente por Mons. Sarlinga en 2007) realiza una importante labor entre las familias del populoso barrio, con la dirección de la virgen consagrada LaurentinaBussano, ayudada por laicos y laicas de la región, que adhieren a esa obra de catequesis y de caridad social, entre los cuales el comedor para niños pobres y la asistencia de apoyo escolar para los mismos. También existe allí un “centro católico de piedad ecuménica” de oración por la unidad de la Iglesia, valiéndose de la intercesión de Santa Brígida, cuyo monolito marca el comienzo del barrio, al ingreso de la ruta que atraviesa MaquistaSavio.

Como lo ha hecho todos los años desde su presencia en diócesis, Mons. Sarlinga acudió nuevamente el 11 de febrero por la tarde, participó de toda la procesión y celebró la Santa Misa. Lo acompañaron Mons. Edgardo Galuppo, vicario general, el P. Nestor Villa, el P. Agustín Arévalo, el P. José de Estrada y los diáconos Carlos Bertone, Carlos Heredia y Oscar Cabrera. La asociación Scout católica estuvo presente en la organización de todo el evento.

La procesión siguió las principales calles del barrio, la mayoría sin asfalto, en medio de una realidad de pobreza a la que los vecinos tratan de paliar con esfuerzo y solidaridad. El Obispo, los sacerdotes y los diáconos iban detrás de la cruz procesional y el carrito que portaba la imagen de la Virgen en su advocación de Nuestra Señora de Lourdes, seguidos por centenares de fieles. La misa tuvo lugar a las 18.30 en el “campito” aledaño al centro catequético y promocional. Al término de la celebración se tuvo con las familias (de entre las cuales numerosos son los niños) en un ágape fraterno.

Homilía de Mons. Sarlinga

Queridos hermanos y hermanas:
Hemos realizado la procesión por las calles más intrincadas de este barrio, una barriada del interior de esta populosa localidad llamada Maquinista Savio, ella misma una gran población en torno a la ruta o carretera, con sus progresos, sí, y también con sus grandes, inmensas, necesidades sociales (y no menos necesidades espirituales). El nombre de “Pilar” puede evocar en la Argentina realidades muy diversas; ésta de aquí, que vemos en todo su verismo, no debemos soslayarla y menos olvidarla.

I. Peregrinación en la fe y “nueva imaginación de la caridad”
En esta procesión en la festividad de Nuestra Señora de Lourdes, que ha sido peregrinación en la unión de los corazones, podemos decir, junto a los pobres más pobres, queremos también hacer nuestro el mandato amoroso del Señor, entre estos hermanos nuestros y con ellos: “Ven y sígueme” (cf. Mt 8, 22; 19,21; Mc 2,14; Lc 18, 22; Jn 21,22). Más que movidos por concepciones sociológicas (por válidas que puedan ser en su campo) queremos realizar este camino “en y desde la fe”, esa fe que halla su base en la profesión de fe de Pedro y que hoy se renueva en nuestros corazones de creyentes: “Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo” (Mt 16,16). Esa fe que se hace “vida” en los cristianos, y que actúa como levadura para una transformación profunda.
Vinimos a “caminar juntos” procesionalmente, esto es, con el soporte de nuestro ejercicio físico y corporal, hemos hecho en el camino una “conversación con Dios” como dice San Gregorio de Nisa que es la oración[1] . Y oración con nuestro Dios-Padre y Amigo, pues ella misma es :”(…) una conversación familiar (homilía) con Dios”[2]. Si viéramos la vida humana como una pirámide de preminencias, descubriríamos que la fuente y a la vez la cima es orar a Cristo, por Él y en Él, esto es, jerarquizar la pirámide de la vida humana con Aquél que es “Camino Verdad y Vida” (Jn 14,6), con la ayuda de la Gracia, poniendo de nosotros ese esfuerzo requerido par comunicarnos con Dios, como una vez dijo el Papa Pablo VI, ese “esfuerzo afectuoso para con Dios” con lo cual caracterizó la oración, y la contemplación: “(…) ese esfuerzo de fijar en Él [Dios] la mirada y el corazón, que decimos contemplación, se convierte en el acto más alto y más pleno del espíritu, el acto que todavía hoy puede y debe jerarquizar la inmensa pirámide de la actividad humana” [3]. Los invito hoy, hermanos y hermanas, a sentirnos llamados a “ir mar adentro” – duc in altum – en el ser contemplativos para evangelizar y colaborar con la promoción humana, según la orden que Jesús dio a Pedro (cf. Lc 5,4), anunciar el Evangelio a “todas las gentes” (Mt 28,19), y lanzándonos hacia lo que está por delante, como corriendo hacia una meta (Cf Flp 13,14), en esta tierra, haciendo sonar la hora de una promoviente “nueva imaginación de la caridad”[4], sabiendo que estamos llamados a la eternidad.

II. En el espíritu de la Bienaventurada Virgen María, ser pobre, “anaw”, en el espíritu, para creer y servir, en especial a los abandonados.
“Todas las generaciones me llamarán bienaventurada” (Lc 1,48), lo ha dicho la Santísima Virgen en la expresión del profetismo del pueblo de Israel en su pureza. Hoy también, en esta celebración, queremos cumplir con su palabra de santidad, llamándola: Bienaventurada, feliz, María, honrada hoy como Nuestra Señora de Lourdes”, pues nos convoca aquí, entre centenares de hermanos y hermanas; bienaventurada porque ha creído y su intercesión nos ayuda a creer, a afianzarnos en la fe y en el amor, a deponer orgullos y egoísmos, para ser “sencillos y humildes” (“anawin” como en el Salmo 131, 1) y a querer “servir” y no “ser servidos”. En el cántico que acabamos de escuchar se expresa toda la alegría del corazón humilde de la Virgen, que se estremece de gozo ante la grandeza de Dios: “Celebra, todo mi ser, la grandeza del Señor, y mi espí­ritu se alegra en el Dios que me salva” (Lc 1, 46). No podemos dejar de ver aquí el estremecimiento creyente de los “temerosos de Yaweh”, presente en los Salmos del Antiguo Testamento. Y esto, porque el Señor “ha mirado la pobreza de su sierva” (Lc 1 47).
La pobreza sociológica, estructural, no es un bien (al contrario); y se necesita de todos nosotros un mayor espíritu de compartir, y de ponernos a disposición para una transformación en el sentido de la Doctrina social de la Iglesia. Las condiciones de vida subhumanas constituyen otros tantos desafíos para nosotros, en una renovada promoción humana integral. La virtuosa “pobreza” en un sentido de vaciamiento interior y de disposición a la gracia del Espíritu nos moverá a una también mayor entrega generosa a esta causa, que exigirá de nosotros mayores sacrificios. Hemos visto con alegría en la procesión, fe, solicitudes, oración de petición, de acción de gracias, el caminar juntos, hacia este centro “Nuestra Señora de Lourdes”, que lo es de catequesis, de apoyo alimentario a niños más pobres, de apoyo escolar para esos niños, de recibimiento de tantos excluidos, de acogida, de caridad social, en fin. Hacen falta más “obreros” también para esta mies.
Les pido que no olvidemos a quienes se sienten abandonados, porque una de las más profundas heridas, de los más hondos sufrimientos es el abandono, en el orden que fuera. Hacen eco en cada hermano abandonado las palabras de Jesús desde la Cruz, con sálmica rememoración: Elì, lemà sabactàni?” – “Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado?” (Mt 27,46). Fue una prueba enorme para Jesucristo, en su humanidad. Sin embargo, no hubo en Él desesperanza alguna, antes bien, como dice el Papa Benedicto XVI: “Jesús en ese momento hace suyo el entero Salmo 22, el Salmo del pueblo de Israel que sufre, y en de este modo toma sobre sí no sólo la pena de su pueblo, sino también la de todos los hombres que sufren por la opresión del mal, y, al mismo tiempo, lleva todo esto al corazón de Dios mismo, en la certeza de que su grito será escuchado en la Resurrección” [5]. Lo pongo hoy en el corazón de ustedes (y me incluyo) para que hagamos de ese “clamor de esperanza del santo abandono” de Jesús en la Cruz, un incentivo de vida; no nos desanimemos, incluso aunque suframos por querer hacer el bien, incluso aunque nos hagan sufrir por ello. El Señor ha resucitado y, aun misteriosamente, en nuestro interior nos hace “ver su Rostro” (Cf Jn 12, 21), si es que lo imitamos en ser “mansos y humildes de corazón” (Cf Mt 11,29). Requiere, esto sí, de una ascesis de nuestra parte, la dimensión ascética es importante si uno se prepara para caminar “hacia dentro” en esta misión.

III. Vivir como miembros de la Iglesia en tanto creaturas nuevas, orantes y compasivas
Al atravesar las calles de este barrio, nuestro corazón palpitaba junto con el corazón de cada peregrinante, pero también de esas gentes que permanecían en sus casas, o en sus patios, en medio del calor agobiante que ha caracterizado a estos meses de verano. Muchos de ellos miraban con atención, el clero, la procesión, la imagen de la Virgen, o por lo menos percibían los cantos; otros manifestaban, quizá, apatía o indiferencia, y algunos casos aislados, a nuestro paso, pusieron mucho más fuerte su música o redoblaron una “batucada”. Es lo que nos toca vivir; nunca juzguemos con juicios lapidarios; amemos, partamos de la verdad y del amor. Hemos orado por todos, y así nos hemos sentido más Iglesia, pues ella es escuela de oración, como también la llamó una vez Pablo VI: “La Iglesia es la sociedad de los hombres que oran. Su finalidad primaria es la de enseñar a orar. Ella es una escuela de oración”[6]. El que ora de verdad muestra el Rostro límpido de Jesús incluso a quienes no han escuchado todavía el mensaje de salvación.
En este día de Nuestra Señora de Lourdes, y en la Jornada mundial del enfermo, pedimos liberación de la enfermedad espiritual, psíquica, física también, en la medida en que se haga en nosotros la voluntad de Dios. Incluyamos en nuestra súplica la liberación de lacerantes ansiedades, de pesadas cadenas del pasado y del presente, de pesos gravosos en el alma, de todo aquello que aunque quisiéramos no podríamos cambiar, porque ya ocurrió, y hemos de aceptar las leyes de la historia. Todo ello presupone, cual fuente, la liberación del pecado y todas sus consecuencias. El mismo Jesús espera que se lo pidamos, espera que se desencadene en nosotros lo que es más noble y elevado en el corazón humano, para ser sobreelevado por su gracia. Lo espera para nuestra familia, nuestras comunidades, porque si participamos de esta celebración y luego proseguimos con un egoísmo que lleva a hacernos daño unos a otros, entonces ello significa que no ha hecho efecto en nosotros (por no haber abierto el corazón) la gracia infinita de la Eucaristía, significaría, aún más, que no hubiéramos incorporado casi nada o nada del cristianismo, por más que con los labios lo digamos, lo clamemos y lo practiquemos exteriormente. Es signo de madurez espiritual el pasar distintas etapas en la toma de conciencia de todo lo anterior, desde cumplir con el deber, luego compartir, luego aceptar que por más que nos esforcemos los resultados no son conformes a esos esfuerzos ni al sacrificio puesto, eso también es ser “anaw”, y dejarle la soberanía a Dios, con la confianza puesta en Él, el Señor de la historia.
Redescubramos, por fin, el sentido de la compasión, en el prójimo sufriente. Jesús, que está presente en nuestro prójimo sufriente, quiere estar presente en cada acto de caridad y de servicio nuestros, al punto que Él mismo nos dice que no quedará sin recompensa ni siquiera “un vaso de agua” que hayamos dado “en su amor” (Cf Mc 9,41). Redescubramos hoy también el rostro de Cristo en los enfermos: “Estuve enfermo – dice Jesús de sí mismo- y ustedes me visitaron” (Cf Mt 25,36). En nuestras circunstancias concretas, según la lógica de la economía de la salvación, Dios mismo, presente en cada uno de nuestros hermanos sufrientes, espera que “vengamos a visitarlo”.
Redescubramos que el Señor “puede” sanarnos, si quiere y es para nuestro bien, y digámosle: “Sáname, Señor, hazme una creatura nueva”, a la manera como cuando se nos narra en el Evangelio que Jesús encuentra a un hombre gravemente enfermo, un leproso, que le pide: “Si quieres, puedes curarme” (Mc 1,41). Y bien sabemos que “Jesús andaba (…) predicando el Evangelio del Reino y curando toda enfermedad” (Cf Mt 9,35). ¿Nos animaremos a pedir como gracia, hoy, el contar con el espíritu del leproso, par tomar conciencia de la “miseria” nuestra, para entender lo que es “misericordia”?.
Aceptemos que Jesús nos diga: “lo quiero, queda curado, queda purificado” y pongámonos a su servicio, en la Iglesia, dándonos ejemplo los unos a los otros, a manera de San Pablo, quien nunca ocultó la Cruz que llegó, y al mismo tiempo no temió afirmar a los corintios: “Sean imitadores míos, como yo lo soy de Cristo” (1Cor 11,1). Porque la llamada a ser imitador de Cristo lo es a convertirse en creatura nueva, a llegar a ser “como Cristo” para encontrar en esta semejanza a través de la gracia una entera renovación a través de la caridad. No temamos, es el Señor quien nos ha dicho: “Yo estoy con ustedes todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20). Expectativas meramente humanas sirven de poco. Es la esperanza “que no defrauda” (Rm 5,5) la que nos impulsa a caminar, tanto más que vamos acompañados siempre de la mano de María, “Estrella de la nueva evangelización”[7].

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notas
[1] Gregorio de NISA, Orat., I: De oratione Domini, PG 44, 1124.
[2] Clemente Alejandrino, Stromata, 7, 7, PG 9, 495.
[3] Paulo VI, en Insegnamenti, vol. III, 1965, pp.727.
[4] Cf JUAN PABLO II, Carta apostólica “Novo Millenio ineunte”, n. 50.
[5] BENEDICTO XVI, Audiencia general del 8 de febrero de 2012, en el Aula Pablo VI, Ciudad del Vaticano.
[6] Paulo VI, en Insegnamenti, vol. IV, 1966, pp.816-817.
[7] Cf JUAN PABLO II, Carta apostólica “Novo Millenio ineunte”, n. 57.

El humanismo cristiano, integral y solidario halla un punto de realización en el centro "Nuestra Señora de Lourdes" de Maquinista Savio (Barrio "Santa Brígida").

11 de febrero

El “Centro de Nuestra Señora de Lourdes”, en Maquinista Savio celebra con centenares de fieles y la presencia del Obispo.
Centenares de fieles se congregaron en el barrio “Santa Brígida” de Maquinista Savio, dándose cita, como todos los años, el 11 de febrero por la tarde, en torno al centro “Nuestra Señora de Lourdes” de catequesis y caridad social.
Al mismo tiempo que en emblemático aniversario del Seminario catequístico “María Inmaculada”, el centro “Nuestra Señora de Lourdes” ubicado en el barrio “Santa Brígida” de Maquinista Savio (en jurisdicción de Pilar, en el límite con Escobar, en una zona de pobreza estructural) celebró a su patrona, la Santísima Virgen, en dicha advocación, y lo ha hecho con la procesión, misa y ágape fraterno, con una gran participación popular.
Dicho centro de promoción humana integral, constituido en asociación civil y cuyos fieles forman a la vez una asociación privada de fieles (la cual, como grupo de fieles aunados, cumplió 10 años, y que fuera “reconocida” canónicamente por Mons. Sarlinga en 2007) realiza una importante labor entre las familias del populoso barrio, con la dirección de la virgen consagrada Laurentina Bussano, ayudada por laicos y laicas de la región, que adhieren a esa obra de catequesis y de caridad social, entre los cuales el comedor para niños pobres y la asistencia de apoyo escolar para los mismos. También existe allí un “centro católico de piedad ecuménica” de oración por la unidad de la Iglesia, valiéndose de la intercesión de Santa Brígida, cuyo monolito marca el comienzo del barrio, al ingreso de la ruta que atraviesa Maquista Savio.
Como lo ha hecho todos los años desde su presencia en diócesis, Mons. Sarlinga acudió nuevamente el 11 de febrero por la tarde, participó de toda la procesión y celebró la Santa Misa. Lo acompañaron Mons. Edgardo Galuppo, vicario general, el P. Nestor Villa, el P. Agustín Arévalo, el P. José de Estrada y los diáconos Carlos Bertone, Carlos Heredia y Oscar Cabrera. La asociación Scout católica estuvo presente en la organización de todo el evento.
La procesión siguió las principales calles del barrio, la mayoría sin asfalto, en medio de una realidad de pobreza a la que los vecinos tratan de paliar con esfuerzo y solidaridad. El Obispo, los sacerdotes y los diáconos iban detrás de la cruz procesional y el carrito que portaba la imagen de la Virgen en su advocación de Nuestra Señora de Lourdes, seguidos por centenares de fieles. La misa tuvo lugar a las 18.30 en el “campito” aledaño al centro catequético y promocional.   Al término de la celebración se tuvo con las familias (de entre las cuales numerosos son los niños) en un ágape fraterno. 
En una próxima entrega ofreceremos el texto completo de la homilía de nuestro Obispo.

Los ejes temáticos de la “comunión orgánica” y la “dimensión misionera” para el 2012.

La asunción de la misionariedad y las misiones juveniles anuales
En la diócesis de Zárate-Campana, nuestro Plan ha querido poner de manifiesto cuánto necesitamos, como Iglesia particular, en unión con la Iglesia Universal, el vivir la «comunión» con ese "signo visible del encuentro con Dios" que es la Iglesia de Jesucristo. La comunión se expresa en el Amor divino por nosotros, y en nuestra unión con él, y en especial mediante la participación en los signos de Cristo, viviente y operante en la Iglesia, que son los sacramentos, y esto de tal modo hasta conseguir en su celebración una verdadera plenitud, dando a la evangelización toda su integridad culminante en la Eucaristía, en el culto y en la vida cristiana, en la gran vocación cristiana a la santidad y en las vocaciones específicas. Entre ellas, las vocaciones sacerdotales encontraron su lugar en el corazón de la naciente (1976) diócesis de Zárate-Campana, por solicitud de su primer Obispo, Mons. Alfredo Esposito Castro. Diversas vicisitudes hicieron que dicha experiencia tuviera un paréntesis entre 2001 y 2009.
El trigésimo quinto aniversario de la diócesis en 2011
Luego de la etapa formativa en Gualeguaychú (a cuyo Seminario también expresamos nuestro reconocimiento) de los seminaristas que allí fueron enviados por el segundo Obispo diocesano en 2001, a inicios del año 2009 Dios nos dio la gracia de re-abrir nuestro Seminario diocesano "San Pedro y San Pablo", debido al aumento de las vocaciones sacerdotales y también por continuar con lo que en tiempos de Mons. Alfredo Esposito (fundador del Seminario como casa de formación sacerdotal) era el lugar de estudios: el Seminario ubicado en Campana estaba destinado a la formación sacerdotal, los seminaristas viajaban diariamente a Buenos Aires, a la Facultad de Teología sita en Villa Devoto.
Una vez reabierto el Seminario diocesano, como dijimos, en 2009, las circunstancias de tránsito y urbanización imposibilitaron que se pensara en viajar diariamente (y con horarios distintos). Por eso es la ocasión de agradecer al Card. Jorge Mario Bergoglio, quien, en conversación al respecto con nuestro Obispo Oscar sugirió que los seminaristas de Zárate-Campana pudieran habitar el ala del edificio que por entonces dejaban los seminaristas de la diócesis de San Nicolás, en el edificio “Cardenal Copello”, en Parque Chas, y así lo permitió. Allí funcionó hasta ahora nuestro Seminario, el cual, debido a la hasta ahora creciente respuesta vocacional, ya no es posible mantener en esa "ala" del edificio, y es por ello que desde meses atrás se ha emprendido la restauración del antiguo edificio del Seminario fundado por Mons. Esposito, ya no sólo con la formación sacerdotal, sino también con el área académica, con toda la "ratio studiorum" de la Iglesia, validada simultáneamente  a través de profesorados temáticos filosófico-teológicos. Parta el agradecimiento desde nuestro corazón a todos aquéllos que han puesto de su amor y sacrificio para esta gesta.
El tríptico de Aparecida es el símbolo de la Misión Continental que hemos asumido como diócesis
El 9 de mayo de 2009, como todos recordamos, hemos consagrado la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús: acontecimiento marcante, pues significó para nosotros el re-inicio de los gestos de misión, la actitud de misionariedad y la dimensión misionera de la pastoral, desde la perspectiva de la "Misión continental". Ya desde 2006 asumimos la misión y la comunión como los ejes fundamentales de nuestra pastoral. De todo ello, como lo dice nuestro Plan Pastoral, la Eucaristía es la plenitud. El mismo Señor dijo: "Yo soy el pan de la Vida" (Jn 6, 35). Y Eucaristía dice relación estrecha con caridad, vida cristiana efectivamente vivida, en lo personal y como Iglesia. Nuestro Papa Benedicto XVI, en «Sacramentum caritatis», hizo esa relación fundamental: "Deseo relacionar la presente exhortación con mi primera carta encíclica Deus caritas est". Por esto, la «Sacramentum caritatis», iluminadora para nosotros y nuestro Plan pastoral, posee una huella unificadora de la visión de Benedicto XVI, una visión en la cual "la celebración eucarística aparece aquí con toda su fuerza como fuente y culmen de la existencia eclesial".
Todo esto, por lo cual tenemos que dar gracias, es obra del Espíritu en todos nosotros, Espíritu de Unidad, que nos hace ver el Rostro de Cristo en la Iglesia y en cada uno de nuestros hermanos. "Comunión" implica cual lógica consecuencia la necesidad de deponer toda división y alejamiento de los unos con los otros. Es por ello que, como Iglesia particular de Zárate-Campana, partimos de la contemplación del Rostro de Jesús. Como nos lo expresara el Beato Papa Juan Pablo II, como legado para el Tercer Milenio: en "Novo Millenio ineunte": "(…) la santidad es la perspectiva en la que debe situarse todo camino pastoral (…) la santidad de nuestras comunidades… es lo que ha de sostener, recrear y potenciar las actividades propias de la pastoral ordinaria".
Es en el seno de la comunidad eclesial (y en la Iglesia particular se dan todas las notas de la Iglesia universal), donde el ser humano recorre su camino de conversión, de liberación del pecado y de crecimiento en la fe, hasta el encuentro con Jesucristo. El fortalecer en las parroquias y en las familias, en las asociaciones de fieles y movimientos laicales, la formación de los bautizados como discípulos misioneros de Jesucristo será fundamental para el cumplimiento de las líneas programáticas fundamentales,. Para esto contamos con la buena voluntad de todos los fieles, con algunas orientaciones programáticas, siempre en el sentido de alimentar la conciencia de la pertenencia eclesial y fortalecer el carácter misionero de nuestra vida apostólica, el cual nos ayudará a consolidar la organización pastoral de la diócesis y de las parroquias –precisamente en clave misionera- para impulsar la misión continental a la que nos llamó el Documento de Aparecida, y continuar trabajando la pastoral familiar para suscitar ciudadanos dispuestos a vivir su compromiso en la Iglesia y el mundo. Nuevas paroquias con sus instalaciones pastorales, pero sobre todo con toda una formación previa como "comunidad de comunidades", nuevas capillas con su infrastructura, gestos de misión, en especial juveniles, un fortalecimiento de la caridad institucionalizada, nos han ayudado a renovarnos y fortalecernos como Iglesia y su Misterio.
Como es obvio, todo esto sólo es posible con la colaboración de todo el presbiterio, la ayuda de los diáconos, la riqueza de las comunidades consagradas con sus carismas, y la participación activa de todos los fieles laicos. De tal suerte, la Buena Noticia podrá incidir en la sociedad y en la cultura de este tiempo y de cada grupo humano. En el contexto de la Iglesia en la Argentina, el propósito del Plan coincide con Navega mar adentro, en cuanto actualización de las Líneas Pastorales para la Nueva Evangelización, el cual habrá de orientar una nueva etapa en la evangelización de la Argentina mediante una acción pastoral más orgánica, renovada y eficaz, procurando que todo miembro del Pueblo de Dios, toda comunidad cristiana, todo decanato, toda parroquia, asociación o movimiento, se inserten activamente en la pastoral orgánica de la diócesis.
Invitamos a los lectores a revisar el Plan Pastoral en la perspectiva que específicamente asume, es decir, dentro de la «Caridad Pastoral» de la Iglesia, y de cómo nos hacemos eco de todo lo que en nuestra diócesis ha venido realizándose, con sus alzas y sus bajas, pero siempre con el auxilio del Espíritu Santo, en el apartado llamado:
"El camino pastoral recorrido nos orienta y nos allana el camino por recorrer”

Barrios de la parroquia de Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Asís son misionados por el grupo juvenil de Santa Florentina (Campana)

ésta noticia puede leerse también en: http://padrenuestro.net/
Desde el lunes 2 de enero hasta el domingo 8 de dicho mes, 75 jóvenes misioneros, de entre los grupos de jóvenes menores, jóvenes mayores, a los que acompañaron padres y madres de familia de la parroquia Catedral Santa Florentina de Campana, y de otras parroquias, llevaron a cabo una Misión evangelizadora bajo el lema “Por Cristo, con Él y en Él” en los barrios Carabassa, Manantiales, Los Grillos, San Jorge y Pilar Viejo, pertenecientes a la Parroquia Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Asís, en el partido de Pilar Pilar. A dichos misioneros se unieron 10 de la parroquia, recientemente creada. Nuestro Obispo nos había dicho en su Carta pastoral en el XXXV Aniversario de nuestra diócesis de Zárate-Campana, el día de la Transfiguración del Señor de 2011, que “La Misión continental tuvo inicio en nuestra diócesis el 9 de mayo de 2009, día en que hemos celebrado las fiestas patronales diocesanas (…) y, como acontecimiento profundamente marcante, la consagración de la diócesis al Sagrado Corazón de Jesús, irradiante de Amor y de Misión. Nos encontramos muy contentos de la asunción convencida y profunda del espíritu de la misión en los corazones de los sacerdotes, diáconos permanentes, religiosos, religiosas, seminaristas, y laicado”.
La COMISION de NIÑOS del GRUPO MISIONERO
Durante esos días de evangelización y misión en los barrios de la parroquia de Ntra. Sra. de la Paz y San Francisco de Asís, los jóvenes misioneros estuvieron acompañados por el Padre Hugo Lovatto, párroco de la Catedral Santa Florentina, el Padre Gabriel Micheli, párroco de la Parroquia Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Asís, los seminaristas Jonatan Sfardini, Gustavo Parodi y Joaquin Mazzeo. El alojamiento fue brindado por las instalaciones de la Escuela N°3 del barrio de Carabassa, donde una de las aulas fue transformada en oratorio. Monseñor Oscar Sarlinga se hizo presente en algunos días de la misión, para compartir diversos momentos y celebrar la misa de la Epifanía, y también la del Bautismo del Señor (en la que efectivamente se celebraron bautismos) y también Mons. Santiago Herrera, Rector del Seminario. También visitó al grupo misionero el Padre Lucas Martínez, de la iglesia catedral.
Misa en templo de San Francisco de Asís durante la Misión
El primer día, el grupo misionero tuvo un retiro de silencio, donde pudieron  tener un encuentro personal con el Señor, reflexionar sobre el llamado de Jesucristo a estar con Él y llevarlo a los demás, en el gozo de evangelizar. Al iniciar cada día, se realizaba Adoración Eucarística y el rezo de Laudes, uno de los momentos fundamentales de la misión, en donde los misioneros pedían a Nuestro Señor el poder ser dóciles instrumentos en sus manos.
Luego del desayuno, los jóvenes visitaban las casas de familia del barrio, llevando la Buena Nueva a través de diálogos, oraciones y canciones que realizaban junto con las familias misionadas. Informaban acerca de las actividades la Parroquia de jurisdicción, erigida hace menos de un año por nuestro Obispo Oscar, sobre la posibilidad de recibir los sacramentos y las actividades que iban a efectuarse durante la semana misional.
El nuevo grupo misionero de la parroquia y su ENVIO por parte del párroco
Por las características de los barrios, los primeros días se efectuaba la visita misional por la tarde también, y a partir del miércoles un grupo de misioneros empezó a trabajar con los niños de la zona, a los cuales, a través de dinámicas y juegos se les ensañaba la  catequesis. Otro grupo se dedicó a los jóvenes, con quienes se pudo llevar a Cristo a través de pláticas, encuentros y meriendas, con una respuesta de ellos muy positiva, e incluso enriquecedora tanto para los misionados como para los misioneros. A partir del jueves, empezó la actividad con los adultos oportunidad en la cual los misioneros pudieron enseñar y profundizar conocimientos sobre los sacramentos, acercarse a la Palabra a través de Lectio Divina, dar pláticas pre-bautismales y ayudar a que todos puedan encontrar un lugar dentro de la Parroquia en tanto “Casa y Escuela de comunión”.
Diariamente, se celebraba la Santa Misa por distintas intenciones y todos los misioneros rezaban el Santo Rosario. Al finalizar cada día, se rezaba Completas agradeciéndole a Dios y a la Santísima Virgen María por el día de misión.
El día sábado, el grupo misionero junto a la comunidad compartimos un festival, en donde hubo canciones populares y católicas, bailes folclóricos, show de prestidigitación y sobre todo una actuación de un grupo de los misioneros que invitaba a vivir en la gracia y la compañía de Cristo, a la reflexión de estar siempre cerca de Jesús, ya que no hay mayor felicidad que vivir “por Cristo, con Él y en Él”.
Con ocasión de la primera de las visitas del Obispo los jóvenes pudieron compartir con él y los sacerdotes la celebración de la Santa Misa y a continuación, ya en la Escuela, un muy grato momento en donde los jóvenes misioneros expresaron sus testimonios y  experiencias misioneras y de vida cristiana. En la misa del día del Bautismo del Señor se tuvo celebración del sacramento del Bautismo de niños de familias de los barrios misionados.
La comunidad de la Catedral recibió gratamente esta nueva experiencia misional, escuchó el testimonio de los jóvenes, al igual que los televidentes del canal de Pilar y los oyentes de la radio FM Santa María quienes hicieron varios reportajes durante los días de misión.
Completamente felices de haber compartido esta semana muy cerca de Jesús y agradecidos por el acompañamiento espiritual a las comunidades de la Parroquia Catedral, Parroquia Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Asís, los demás grupos misioneros de la Diócesis y nuestro Obispo. El cura párroco, P. Gabriel Micheli, se ocupó con mucha dedicación del gesto misional realizado en su parroquia, así como los miembros activos de esa comunidad (que posee dos templos, la sede parroquial, San Francisco, y la iglesia de Nuestra Señora de la Paz).
De entre las cinco (5) nuevas parroquias que ha erigido nuestro Obispo Mons. Oscar Sarlinga desde el año 2006, cuatro (4) de ellas se encuentran en el partido de Pilar, a saber: San Luis Gonzaga (Manzanares-Fátima), San Manuel Mártir (La Lonja), Nuestra Señora de Luján y San José Obrero (Zelaya) y ahora, como se ha dicho, “Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Asís”, que abarca toda la franja poblacional del barrio “Carabasa” y su entorno (incluyendo el histórico “Pilar viejo”), así como la zona conocida como “Estancias del Pilar”. El nuevo cura párroco, Pbro. Gabriel Micheli, será presentado el día sábado 19 de febrero, a las 20, en Nuestra Señora de la Paz, y tomará posesión canónica el día domingo 20, a las 10 de la mañana, en San Francisco de Asís.
OTORGO a la nueva parroquia el territorio delimitado al Norte con Calle Tres Arroyos, antigua Ruta 8 y calle Mercedes; al Este con la ruta 34; al Sur con el Partido de Luján y al Oeste con el Río Luján. ESTABLEZCO que la sede parroquial sea la iglesia San Francisco de Asís, cita en Av. San Jorge esquina Los Paraísos; Barrio San Jorge, Pilar y de modo supletorio la iglesia de Nuestra Señora de la Paz, en la zona conocida como “Estancias del Pilar” cuyos títulos legítimamente se poseen.
La otra parroquia que erigió fue “Nuestra Señora de Luján y los Santos Apóstoles Pedro y Pablo”, en la ciudad de Campana, así como también restableció “San Juan de la Cruz” en Escobar. Por cierto que las parroquias con su jurisdicción son fruto de toda una labor pastoral previa, el trabajo apostólico con comunidades de católicos, un acrecentamiento de la evangelizción, o una “nueva evangelización” en el sentido como lo entiende la Iglesia, y asimismo el proveer a contar con los elementos esenciales de una parroquia, una porción del Pueblo de Dios, templo, salones pastorales y de atención de los fieles (tales como sede de Cáritas, salones de catequesis, entre otros; esto es, la “infraestructura pastoral”) y asimismo el dotar a la nueva parroquia de un “pastor propio”, el cura párroco, del cual es ideal que se trate de un sacerdote con experiencia pastoral previa, apto para pastorear o apacentar al pueblo fiel que se le confía, laicos y laicas que tienen ellos mismos la misión de evangelizar, de estar en el mundo como fermento evangelizador y humanizador.El próximo sábado 19 a las 20, en la iglesia de Nuestra Señora de la Paz (Estancias del Pilar) y el domingo 20, a las 10, en la iglesia de San Francisco de Asís del barrio San Jorge (donde tomará posesión el nuevo cura párroco) quedarán inauguradas dos nuevas parroquias dependientes de la Diócesis de Zárate-Campana. Los actos de inauguración contarán con la presencia del obispo Oscar Sarlinga y también fueron invitadas las autoridades municipales. Luego de dos años de preparación de la comunidad, así como de la terminación del templo, la construcción de la casa parroquial y de los salones pastorales y la reafirmación de los títulos de propiedad, Sarlinga ha priorizado la creación de parroquias en las zonas más pobladas y que experimentaron un crecimiento poblacional mayor en los últimos años, así como ha primado el criterio de la atención pastoral. Entre las cinco nuevas parroquias que ha erigido el obispo desde el año 2006, cuatro de ellas se encuentran en el Partido de Pilar, a saber: San Luis Gonzaga (Manzanares-Fátima), San Manuel Mártir (La Lonja), Nuestra Señora de Luján y San José Obrero (Zelaya) y ahora, como se ha dicho, “Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Asís”, que abarca toda la franja poblacional de los barrios Carabassa, San Jorge y su entorno (incluyendo el histórico Pilar viejo), así como la zona de Estancias del Pilar. El nuevo cura párroco, Gabriel Micheli, será presentado el día sábado 19 de febrero, a las 20, en Nuestra Señora de la Paz, y tomará posesión canónica el día domingo 20, a las 10 de la mañana, en San Francisco de Asís.
Visita El Obispo de Zárate-Campana, Oscar Sarlinga, visitó nuevamente, luego de haberlo hecho en 2009 y 2010, el centro de promoción humana integral llamado “Nuestra Señora de Lourdes”, llevado por la hermana Laurentina Bussano y la asociación que lleva el mismo nombre mencionado de la advocación de la Virgen, ubicado en el barrio Santa Brígida de la localidad de luis Lagomarsino. En ese lugar se ofrece catequesis, apoyo alimentario a los niños de familias más carenciadas y también el apoyo escolar en sus estudios de la escuela primaria.
Primeras fiestas patronales de San Francisco de Asís en Pilar La recientemente creada parroquia de Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Asís, en Pilar, con sede en la iglesia de San Francisco, del barrio “Carabasa” de la citada ciudad, celebró por primera vez sus fiestas patronales, presididas por el obispo Mons. Oscar Sarlinga y concelebradas por el cura párroco, P. Gabriel Micheli, el vicario general, Mons. Galuppo, el delegado de las misiones, Mons. Marcelo Monteagudo y el Pbro. Rodrigo Domínguez, en la solemnidad trasladada del seráfico Santo, el día domingo 9 de octubre. Participaron de las ceremonias el Intendente Municipal, distintos concejales y diversos representantes de instituciones de la ciudad.
Con oportunidad de las primeras fiestas patronales, fueron confirmados 21 jóvenes, los primeros de la parroquia, y se lanzó la misión parroquial, con los trípticos alusivos bendecidos por el obispo. Una reliquia insigne y autenticada de San Francisco de Asís, que había sido donada por el obispo el día de la puesta en posesión del primer párroco fue colocada de modo visible en la iglesia y asimismo, en el frente del templo, una efigie del hoy Beato Juan Pablo II, que Mons. Sarlinga había recibido en el Santuario de la Divina Misericordia, en las cercanías de Cracovia, en Polonia, y que también donó a la nueva parroquia. En el ofertorio una familia del lugar donó una muy antigua imagen de la Virgen de Luján, del siglo XIX. En su homilía el obispo Mons. Oscar Sarlinga pidió a los fieles renovar el sentido de la misionariedad, siguiendo la nueva evangelización a que nos han llamado el Beato Juan Pablo II y el Papa Benedicto XVI, “tanto con gestos concretos de misión” –dijo- “como sobre todo con espíritu misionero y dimensión misionera de toda la pastoral”. En su homilía, luego de brindar algunos trazos de la vida de San Francisco de Asís, pidió que viviéramos en el corazón el espíritu que lo animó en su célebre “oración” (la oración de San Francisco de Asís) y en especial cuando rogamos: “donde haya odio, ponga yo amor, donde haya ofensa, ponga yo perdón, donde haya discordia, pongamos unión, donde haya error, pongamos la verdad”. Dijo que la intercesión de San Francisco de Asís nos traerá la paz de Cristo, que es “tranquilidad en el orden” como la llamaba San Agustín, sobre todo en el interior, aunque los ámbitos en que nos toca actuar a veces puedan ser adversos. Recordó también cómo tuvo que luchar el rey David para lograr la paz en su reino, poniendo primero paz en su corazón, y a ese respecto exhortó a leer y meditar el Ier. Libro de las Crónicas, capítulo 12. La jurisdicción parroquial abarca distintas aglomeraciones y urbanizaciones y posee una población actual de unos 8.000 habitantes, aunque se encuentra en franca expansión. La iglesia de San Francisco de Asís es la sede, en el corazón del barrio atravesado por la ruta provincial y en los alrededores de una de las urbanizaciones se encuentra la también recientemente inaugurada iglesia de Nuestra Señora de la Paz. Luego de una fructífera novena, de la que participaron fieles de todos los ámbitos de la parroquia, y en la que predicaron numerosos sacerdotes, el día domingo a las 10.30 se concentraron los fieles en la rotonda de ingreso a la ruta y desde allí partió la procesión con la imagen de San Francisco de Asís, junto con todos los jóvenes de confirmación, sus catequistas, representantes de escuelas de la zona, grupos gauchescos y representación de otras instituciones. El coro parroquial tomó parte en todos los momentos de la celebración, y asimismo el nutrido grupo de catequistas y el grupo misionero, el cual, recién naciente, ya ha asumido la “misión parroquial” intensiva, casa por casa, lo cual se hizo por última vez cuando la gran misión en Pilar en 1983, pero en tiempos en que esa zona era conformada por unos campos con algunas casas y un camino. Al término de la misa hubo un ágape y también en la vera de los terrenos aledaños se realizó una feria artesanal alusiva. La nueva parroquia se ha integrado bien en el conjunto del partido de Pilar. De hecho, de entre las seis nuevas parroquias que en los últimos años se han erigido, cuatro (4) de ellas se encuentran en dicha circunscripción. De entre las parroquias creadas en el partido de Pilar contamos: San Luis Gonzaga (Manzanares-Fátima), San Manuel Mártir (La Lonja), Nuestra Señora de Luján y San José Obrero (Zelaya) y Nuestra Señora de la Paz y San Francisco de Asís. Esta última abarca toda la franja poblacional del barrio “Carabasa” y su entorno (incluyendo el histórico “Pilar viejo”), así como la zona conocida como “Estancias del Pilar”, todas esas zonas desmembradas de la iglesia matriz, Nuestra Señora del Pilar (con su histórico templo). Todas estas constituyen realidades pastorales que conllevan un desafío, evangelizador puesto que enteras zonas populares, afectadas por la pobreza, conviven con nuevas urbanizaciones.
Nació en Nápoles, Italia, el 20 de mayo de 1927, aunque su nacionalidad es argentina, ya que su padre se desempeñaba como cónsul argentino en Nápoles; ordenado sacerdote en la Congregación de los Misioneros Hijos del Corazón Inmaculado de María el 1 de agosto de 1954; elegido obispo de Zárate-Campana el 21 de abril de 1976 por Pablo VI; ordenado obispo el 4 de julio de 1976, por Mons. Pío Laghi, nuncio apostólico (co-consagrantes Mons. Ramón José Castellano, arzobispo de Córdoba y Mons. José María Márquez Bernal CMF, obispo prelado de Humahuaca); tomó posesión e inició su ministerio pastoral como primer obispo de Zárate-Campana el 4 de julio de 1976; renunció por razones de salud el 18 de diciembre de 1991.
http://padrenuestro.net/carta-pastoral-de-mons-oscar-sarlinga-en-el-xxxv-aniversario-de-nuestra-diocesis-de-zarate-campana-en-la-transfiguracion-del-senor/
Carta pastoral de Mons. Oscar Sarlinga en el XXXV Aniversario de nuestra diócesis de Zárate-Campana, en la Transfiguración del Señor
III Peregrinar del Pueblo de Dios en nuestra diócesis; no nos cansemos de peregrinar a la Casa del Padre No quisiera abundar en datos; una carta del Obispo no es un tratado de historia ni de teología pastoral. Recordemos, hagamos “memoria” (como el Pueblo de Israel) de los acontecimientos fundantes. Nuestro primer Obispo diocesano, el llorado Mons. Alfredo Mario Espósito Castro, claretiano, desarrolló su misión como sucesor de los Apóstoles, en razón de la consagración episcopal y mediante la comunión jerárquica, signado en particular por el sufrimiento y la enfermedad; así, unido a la Cruz, fue “principio visible y el garante de la unidad de su Iglesia particular” . La fecha de su consagración episcopal (4 de julio) generó la costumbre que durante años se celebrara “el aniversario de la diócesis” más que el día de su creación por parte del Pontífice (el 21 de abril), en el día de la consagración del primer Obispo y su toma de posesión (por parte del entonces Nuncio Apostólico, Mons. Pío Laghi). Me parece bien, salvo mejor y autorizada opinión, continuar con esta costumbre del 4 de julio; sólo este año nos hemos tomado la licencia de hacerlo en agosto, por la consagración e inauguración de la segunda catedral de la diócesis. Mons. Alfredo Esposito Castro fue fundador del Seminario “San Pedro y San Pablo”, y dimitió en 1991 a la cura pastoral de la diócesis por razones serias de salud; luego de diversos destinos, fue acogido en la clínica San Camilo, donde fue cuidado y atendido amorosamente y allí falleció el 1ro. de enero de 2010, habiendo sido celebrada la misa de cuerpo presente en la iglesia catedral de Santa Florentina el día 2, y allí, en la renovada iglesia criptal de Santa Florentina y sus hermanos Obispos Padres de la Iglesia Hispana, en el área tumbal que se creara a tales efectos, espera la resurrección de los muertos, junto al altar del Sagrado Corazón de Jesús. Su báculo, la mitra de su consagración y una fotografía se hallan en un cofre vidriado sobre su tumba, como perpetuo recuerdo para la piedad de los fieles.
Les pido también recordemos en la oración el día 1ro. de enero a nuestro primer Obispo, Mons. Alfredo Esposito Castro, quien hace exactamente dos años partió a la Casa del Padre.
http://escobarlarevistaylacomunidad.blogspot.com/2012/01/en-memoria-del-padre-tomas-gutierrez.html
Durante el fin de semana se celebrará una misa en Belén de Escobar en memoria del Padre Tomás Gutiérrez, al cumplirse un nuevo aniversario de su muerte. Será en la Capilla Madre de los Dolores, en Mitre y Cuyo, barrio Phillips.
Este recordado padre, un símbolo para los escobarenses, falleció el 8 de enero de 2007. En esa época, el sacerdote era parte de la Medalla Milagrosa. Tras su muerte, se creó el Centro comunitario que lleva su nombre. Tenía 84 años al momento de fallecer, tiempo después de cumplir 60 años de ordenación, obtenida en la Basílica de Luján. Obtuvo además una licenciatura en Filosofía en la Universidad de Roma y un doctorado en Suiza. En 1997 fue nombrado “Ciudadano Ilustre” de Escobar.

Mensaje por el Nuevo Año de Mons. Oscar Sarlinga

La Madre de Dios nos introduce en el Año 2012
Hermanos, hermanas, en esta solemnidad de María Madre de Dios y a la vez flamante comienzo de un Nuevo Año en medio de nuestros transcurrientes tiempos, auguro, deseo, felicidad y paz para todos ustedes, sus queridas familias, las parroquias y comunidades todas. Nos dé Dios un Año Nuevo signado por el Amor de Cristo, por la esperanza que no defrauda, y por la fe. Ese Amor lo auguro también y sinceramente para quienes no comparten nuestra fe, no nos conocen, o tal vez no nos quieren tanto.
Los cristianos, renovémonos en la Gracia. Acojamos cada día de nuevo el don de la regocijante fe, como la de María Santísima, que fue proclamada bienaventurada por su prima Isabel, “por haber creído en el cumplimientode lo que el Señor le ha dicho” (Lc 1,45). Y que  a nosotros, creyentes, se aplique la bienaventuranza proferida por Jesús, siendo bienaventurados, por creer “aún sin haber visto” (Cf Jn 20,19), incluso en medio de pruebas y dificultades, que no nos van a faltar, pero que no nos vencerán, con la ayuda divina.
Que nuestra comunidad diocesana, se convierta cada vez más en semejante imagen de la primera comunidad de los creyentes, la cual, unida a María la Madre de Dios, no tuvo necesidad de ver “físicamente” para creer en el Poder del Resucitado (Cf Jn 4,48), porque ese Poder obraba en ellos.
Crezca en nuestro interior la visión espiritual del moviente y confortante signo, que lo es a la vez de María y de la Iglesia: “Un gran signo apareció en el cielo: una Mujer revestida de sol, con la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas” (Ap 12,1). Es el “Signum Magnum” que proseguirá a reflorecer, incluso sin verse ostensible, en nuestro mundo de hoy, aunque quizá no sin algo de dolor; sólo Dios sabe cómo, nosotros vivamos en el realismo de la esperanza.
Y que dicho signo, profundamente enraizado en nuestro espíritu, lejos de quedar fijado en una intimista impresión, nos mueva a trabajar por la Paz de Dios, y la solidaridad realizada y transformadora de nuestros ambientes de vida, en esta Jornada Mundial de la Paz a que nos invita el Papa Benedicto XVI.
En nuestra diócesis iniciamos el año con las celebraciones y con las “Misiones juveniles”, que se sucederán durante todo el verano. Los jóvenes creyentes nos ayudan a rejuvenecer. Quiera Dios hacernos rejuvenecer día a día en el Espíritu, y también, cada día, “nacer de nuevo”. Les pido también recordemos en la oración el día 1ro. de enero a nuestro primer Obispo, Mons. Alfredo Esposito Castro, quien hace exactamente dos años partió a la Casa del Padre.
¡Feliz y sereno 2012!. Con un corazón que los abrazo a todos y todas, en el Señor de todos, implorando protección de la Virgen Madre.
+Oscar Sarlinga

Procesión y Misa de la Inmaculada Concepción en Campana Ciudad

Miles de fieles participaron de la solemnidad de la Inmaculada Concepción en Campana
La diócesis de Zárate-Campana está bajo el patronazgo de la Inmaculada, siendo la imagen de Nuestra Señora de Luján (título patronal de la diócesis), una "humilde imagen de la Pura y Limpia Concepción" que quiso quedarse (…) para manifestar su maternal protección sobre el pueblo argentino” como reza el prefacio de su misa ritual. Por la tarde, ya antes de las 19 había una gran congregación de gente junto a la plaza Eduardo Costa.
Las campanas del carillón de Santa Florentina anunciaban la buena nueva y convocaban a la procesión, de la que participaron todos los niños que hicieron su “segunda comunión solemne” y consagración a la Virgen, de distintos colegios de la ciudad, entre los cuales principalmente el Santo Tomás de Aquino, el Padre Aníbal María di Francia y el  San Roque. Todos fueron acompañados por sus padres, familiares, amigos. Participaron las autoridades municipales, entre las cuales la Sra. Intendente, Doña Stella Maris Giroldi, y la manifestación de fe y devoción fue presidida por el Obispo Mons. Sarlinga, acompañado por el vicario general, Mons. Edgardo Galuppo, los párrocos de la ciudad, Pbro. Hugo Lovatto, R.P. Giovanni Guarino, P. Joaquín Ocampo, dj. Mons. Marcelo Monteagudo, delegado para las misiones, el Pbro. Pablo Iriarte y el Pbro. Lucas Martínez.  El coro de jóvenes de la iglesia catedral alegró en todo momento la procesión, ritmada por meditaciones en las esquinas de la amplia y renovada plaza de la ciudad, que abarca cuatro manzanas. 
Todas las parroquias del centro de la ciudad colaboraron con la organización del acontecimiento, y el Obispo y el clero se ubicaron en el atrio del complejo catedralicio, así como las autoridades. Con el Obispo concelebraron los sacerdotes mencionados y estuvieron también presentes el diácono Dib y los candidatos al diaconado permanente, acólitos Bruno y Pandiani, así como seminaristas del Seminario “San Pedro y San Pablo”. El Obispo Mons. Sarlinga se refirió al misterio de la Inmaculada Concepción, a su misión de darnos al Salvador del Mundo, a la inmensa alegría de vivir ya en la certeza de la eternidad bienaventurada que el Señor nos tiene preparada y a la necesidad de colaborar en esta tierra, con la preeminencia de la Gracia divina, la civilización del Amor, un humanismo cristiano integral y solidario, signado por la presencia de la Virgen. Aludió a la colaboración en la sociedad civil según el principio de la Gaudium et spes, “mutua autonomía y sana colaboración” y asimismo exhortó a profundizar en los discursos de Benedicto XVI acerca de la “sana laicidad”. Luego citó a la carta apostólica “Signum Magnum” de Pablo VI, del año 1967, donde pone a la vez como imagen de “María” y de “la Iglesia” a “la Mujer revestida de Sol, con la luna bajo sus pies” del Ap. 12.1ss y dijo que “esa Mujer revestida de Sol” es la imagen de la humanidad renovada por la Gracia, y en un sentido “toda la humanidad en la medida en que está “llamada” a ser la Iglesia. Exhortó a profundizar en la Sagrada Escritura, y a los niños les dijo que se aferraran muy fuerte a la Palabra de Dios, a la eucaristía y a la devoción a la Virgen, todo ello alimentado por la oración, a comenzar por el Padrenuestro, que es la oración que Jesús nos enseñó”.
Al término de la celebración eucarística, el Obispo, la Sra. Intendenta y las autoridades se desplazaron hacia la plaza E. Costa, acompañados de gran cantidad de gente que se había congregado, para la bendición del gran árbol de Navidad emplazado y que al término de la bendición, realizada por el obispo, fue enteramente iluminado. Siguió un espectáculo de cantos de tenores (a comenzar por el Ave María) en la explanada del palacio municipal, y luego la congregación de numerosísimos niños en torno del personaje de “Papá Noel”, en preparación a la cercana Navidad. El cololario de celebración cívica en el día de la Inmaculada Concepción fue un digno broche de oro en honor de nuestra Madre la Virgen María.